Voy a empezar este diario confesando algo que en una presentación seria escondería en la diapositiva 47: he cambiado el nombre de este proyecto varias veces.
Primero fue Trama Digital. Después MR Studio. Luego Rabadán Lab.
Durante unos días no parecía que estuviera creando un estudio, sino jugando una final de nombres contra mí misma.
Yo perdía.
Rabadán Studio llegó después. No hubo revelación ni sonó ninguna campanita: fue el nombre que, después de probarlo, quitarlo y volver a ponerlo, se sintió más mío.
Y aquí estamos.
La seguridad absoluta debía de estar ocupada
Yo esperaba sentir una cosa muy concreta antes de publicar la web: seguridad absoluta. Ese «ahora sí» con identidad perfecta, fotos perfectas, textos perfectos y una calma interior que, por lo visto, solo existe en los anuncios de infusiones.
No llegó.
Lo que sí llegó fue una lista de tareas con capacidad para reproducirse sola. Terminaba una cosa y aparecían otras tres. Siempre había una frase que podía mejorar, una foto pendiente o un botón pidiendo que lo moviera dos píxeles a la izquierda.
Hasta que entendí una cosa.
No necesitaba tenerlo todo claro para empezar. Necesitaba empezar para poder verlo claro.

Cuando la clienta eres tú, el briefing se complica
Llevo años trabajando en comunicación, marketing y proyectos digitales. Sé escuchar una idea, ordenar lo importante y convertirlo en una web.
Hacerlo para mí misma fue otra historia. Mi propio feedback era algo así:
Muy resolutivo todo.
En mi defensa: cuando la web habla de ti, cada palabra parece importantísima. Puedes pasar una tarde decidiendo si una frase suena a ti y, al día siguiente, leerla con el café y preguntarte quién ha escrito eso.
Antes habría interpretado esos cambios como falta de claridad. Ahora sé que estaba afinando. Cada versión me ayudó a entender mejor qué quería construir y, sobre todo, cómo quería trabajar: de forma cercana, clara y sin complicar las cosas porque sí.
Y eso que me dedico a esto
Traté el botón de publicar como si fuera irreversible. Como si al pulsarlo todo quedara grabado para siempre y apareciera alguien al segundo a señalarme esa coma que podía estar mejor.
Lo llamativo es que yo sé perfectamente que una web no funciona así. Lo sé con las manos: me paso el día editando webs. Pero cuando la web era la mía, se me olvidó de golpe.
Publicar es dejar que el proyecto salga de tu cabeza. Ver cómo se entiende, qué preguntas llegan y qué partes todavía necesitan un poco de cariño. No es conformarse: es mejorar desde algo real, y no desde las quinientas posibilidades que caben en tu navegador.
Lo que sé ahora y no sabía en mayo
Que cambiar de idea no siempre es retroceder. A veces es la forma más honesta de acercarte a algo que sí te representa.
Y que tener criterio no significa acertar a la primera. Significa reconocer cuándo algo no encaja, corregirlo y seguir.
Si has llegado hasta aquí, puede que sea porque tú también tienes algo parado esperando el momento bueno: una web, una marca, un proyecto que llevas meses puliendo en privado. Te lo digo con la experiencia muy reciente: ese momento no avisa. Aparece cuando ya has empezado.
Rabadán Studio nace así. Con experiencia, con trabajo, con dudas bastante normales y con muchas ganas de crear webs bonitas, claras y que se note de quién son.
No estaba todo perfecto.
No pasó nada.
El siguiente ya está abierto en otra pestaña.
Así se ve una idea al principio: un poco despeinada y con demasiadas pestañas abiertas.
Antes de cerrar esta pestaña
Nos leemos en la siguiente.
Yo sigo por aquí: probando, afinando y aprendiendo a darle a «publicar» sin darle siete vueltas antes.
